martes, 7 de junio de 2016

El recuerdo de mi hipotálamo


Los especialistas dicen que las personas  almacenamos los recuerdos en el hipotálamo y mediante la memoria sensorial los traemos al presente. Algo así como que no vamos a poder recordar exactamente qué día tomamos el primer café en Starbucks, aunque vamos a recordar su sabor u olor.
Algo similar me pasó cuando Francisco fue nombrado Papa. No sé exactamente qué día fue, pero puedo recordar que caminaba por Flores, salía de una galería en Rivadavia después de comprar un regalo de aniversario para mi ex (era el 14 de Marzo) cuando empecé a escuchar las campanas de la Iglesia San José. Ahí supe por primera vez que teníamos un Papa argentino y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Desde ese momento sé que Francisco se convirtió en referente de la iglesia católica en marzo del 2013. Aun sigo sin saber bien el día pero tengo muy presente la sensación en mi cuerpo. Lo mismo me pasó al descubrir que mi papá era Papá Noel, aunque ahí lo que mis sentidos percibieron fue angustia y decepción. En fin, siempre hay una suerte de asociación entre pasado y sentidos que nos evocan a recuerdos.
Hoy pasó algo parecido: rememorar el pasado a través de lo sensorial, a partir de algo que viví en el presente. No era un déja vu, sino algo que me llevaba a mi infancia. Creo que no debe haber momento de la vida más feliz que la infancia -a excepción de lo de Papá Noel-.
Lo cierto es que hoy llueve, en realidad hace varios días que llueve y gran parte de la población porteña está a punto de convertirse en hongo. Más allá de que estoy trabajando, o al menos eso simuló, y de que ya no me queda ropa limpia porque la mayoría está en el lavadero y el resto húmeda en mi tender, el frío y el gris del día me recordó a cuando era chica.
Todas las tardes alrededor de las cinco mi cabeza sentía el ruido liberador del timbre que anunciaba que éramos absueltos de la rigurosidad académica y podíamos ir a casa. Hoy entiendo que aquello era la primera forma de adoctrinamiento a la que me vería sometida en mi vida adulta.
El momento en que la enorme puerta de madera color roble de aquel colegio católico del interior de la provincia se abría y encontraba a mi mamá con mis ojitos, sabía que todo iba a estar bien porque mi heroína aguardaba en la vereda.  
El recorrido arrancaba por el costado de la escuela y una parada obligada, los días que no nos desviamos por un helado, era la plaza. Recuerdo a mamá con una especie de canasta que supongo usaba para hacer las compras de camino a casa en lo de Marcelino. Amaba las hamacas de mi plaza, eran grandes, de madera pesada, generalmente pintadas de verde y los caños de amarillo o tal vez eran rojos, ya no recuerdo. Debería de corroborar con mis amigas, pero lo más probable es que entremos en discusiones porque todas las recordamos de colores diferentes (efectivamente eso pasó... pero como es mi historia,  me gusta pensar que eran amarillas y verdes).
Luego de hamacarme un largo rato seguíamos el recorrido por la calle de la comisaría, luego Dorrego y finalmente casa. Pero nunca sin antes parar en el Kiosko de la esquina. Ese lugar siempre me ha parecido divertido y a la vez simpático,  primero porque su vendedora, Gladys, te atendía desde una pequeña ventana lo que hacía que todo sea más surrealista, medio cuerpo en la vereda y el torso, en este caso el mío, siempre colgando intentando meterme hacia adentro. Con 15 centavos mamá me compraba un alfajor y con un par de pesos más llevaba sus infaltables Derby suaves, en ese momento fumaba cortos, luego la exigencia de nicotina la llevaría, años más tarde, a fumar los mismos pero en su versión larga.
Después de eso llegábamos a casa. Siempre estaba alguna de mis hermanas merodeando por ahí para molestarme. Finalmente, el momento que más me encantaba, y el mismo que hoy recuerdo y casi que extraño, me sentaba en la mesa a mirar algún programa, seguramente era chiquititas, mientras sentía el ruido de la leña del hogar que se quemaba lentamente y me calentaba los cachetes cuartados por el frió. Junto a esta sensación de calor, podía ir sintiendo como el olor mágico de pan tostandose llegaba a mis fosas nasales. Esto me confirma que los sentidos son formas de recordar, los olores nos pueden llevar a rincones de nuestra niñez, a pequeños instantes de simpleza y felicidad.
El olor de las tostadas que mamá cortaba con suma delicadeza, era acompañado por el de un café con leche. Ya no he vuelto a saborear ese café, tal vez porque la intensidad de la leche de campo es distinta a la que consumo acá o tal vez porque el extraño líquido blanco que compró en un sachet es más agua que leche. De todas maneras, los días felices eran aquellos en los que papá estaba por la ciudad y aparecían los grandes bidones de leche junto a la manteca casera que tanto me gustaba, la misma que luego me enseñó hacer con él.

Hoy pienso que de eso a veces se trata la vida, de un olor, de un sabor y del amor de las personas que te abrazaban o te esperaban a la salida de la escuela. Hoy ya no hay tardes de café con leche y tostadas con dulce o manteca casera, en su defecto aparece alrededor de las cuatro sobre mi escritorio un expreso raro en un vaso de plástico que acompaño con alguna galleta de marca extraña. A pesar de la decepción que me genera por momentos el observar la merienda actual, sé que en algún lugar disparatado de mi hipotálamo tengo el recuerdo de intensas tardes de simple felicidad.


Semilla GALActica

lunes, 9 de mayo de 2016

Todo empezó con una copa de vino

Puedo recordar todo. Cada momento, cada mirada, cada charla, cada cigarrillo. Me dijiste que amabas sin estrategias y te creí.
La primera vez que te vi fue una de las pocas donde estabas sobrio. Te miré hasta que te fuiste. Mis amigos me decían que no me convenías, rozabas una especie de locura alucinante pero peligrosa. No escuché. Para mí, sólo estabas en un estado de elevación irreal para este mundo, de ese que no todos comprenden.
La primera charla fue inocente. Me invitaste a cenar aunque sabías que estaba a kilómetros de distancia. Pasaron semanas hasta que me fuiste a buscar. Me dijiste que estabas afuera y sin miedo te fui a encontrar. Tenía una sola certeza: algo extrañamente diferente iba a pasarme. Ahí estaban vos, tus rulos y tu perfume.
Me mostraste tu primer imagen. No tardarías hasta que me demuestres, con algo de cariño y confianza, tu verdad.
Recuerdo como te mirabas en el espejo mientras me explicabas la importancia de mirarse uno mismo a los ojos porque ahí estaba la verdad. Fue en ese momento donde supe que te quería. Te pregunté si te habías enamorado, señalaste que aún no lo habías sentido. Confundida volví a mirarte  y con pena pregunté: “¿cómo sabes cuándo estás enamorado?” Esbozaste una sonrisa y me dijiste: “no sé... supongo que es cuando todo se vuelve irracional”.
Alguna vez te dije que elegía mal y lejos de quedarte callado contestaste que ninguna decisión es mala siempre y cuando no te determine. A veces dudaba pero al verte sabía que estaba donde quería. Fuiste como una revelación, como la mano que desempaña el vidrio en el invierno y te muestra al camino. No sabía que esa intensidad iba a durar tanto.
Pasaron otras musas por tu vida, aunque siempre por algo nos volvíamos a encontrar o a buscar. Decías que te gustaba tenerme en tu cama. Nada era normal. Sin embargo te quería.
Me acompañaste en noches oscuras y sin saberlo fuiste la mano que me sostenía. Era  tuya aunque nunca hice nada para que lo sepas. Hoy, supongo, que, tal vez, te pasaba lo mismo.
Me dijiste que estaba en un patio de cemento y que ya habías experimentado eso. Tu certeza estuvo en irte a tiempo, yo, sin embargo, intentaba ser lo que esperaban. Suponías que no estaba loca, que estaba en una búsqueda y que el camino por el que iba era el correcto.
Tomábamos vino y señalamos en tu globo terráqueo los lugares en los que iniciaremos una revolución. Querías empezar por china mientras a mi me excitaba África o la India. Decías que China tenía soldados pero lo cierto era que ninguno sabía nada de conquistas, a gatas podíamos con nuestras insignificantes existencias.
Me abrazaste y como niño me dijiste que por favor no me fuera. Te pregunté si realmente querías que te conozca. No pudiste responder.

Ahí entendí que eras un amante de la vida, la libertad y del viento. No me quedé, partí, sabiendo que simplemente no era nuestro momento. Sin embargo, aún recuerdo tu último mensaje: "no pidas perdón. Disfrutá de la vida sin pedir ni permiso ni perdón."


Semilla GALActica



martes, 19 de abril de 2016

Confiance


Para NB por su valentía y por enseñarme que una vida con prejuicios puede desviarnos de la felicidad.

Hoy me desperté con una pregunta: ¿qué pasa cuando los prejuicios nublan nuestra percepción?
Hemos sido educados bajo la noción de que el hombre debe comportarse de tal manera, la mujer de otra y que el comportamiento no debido se reprime. Pero, ¿qué pasa si aquello que nos han enseñado y que durante tanto tiempo hemos intentado aprehender no era del todo lo acertado o, al menos, lo que nos hace feliz?
Hace días atrás hice una choripaneada para recibir a mis amigos entre los cuales había una francesa que hace pocos días había llegado a Buenos Aires. El menú fue: vino, choripanes y clericó.  Algo más autóctono no se nos ocurrió. Mi comportamiento en ese caso estaba siendo el no debido ya que abría las puertas de mi casa a un desconocido. Sin embargo, me arriesgué  y seguí mi percepción: sabía que iba a conocer a una gran mujer. No pensé más y permití que mi intuición no esté nublada por los prejuicios del no deber.
Esa noche no sólo conocí una persona hermosa, sino que me enseñó que en una semana, lejos de su estructura, de los prejuicios, de los condicionantes, de lo aprendido y de lo que le habían inculcado desde chica, había logrado más amigos que en media vida en Francia. Ella había elegido su propia aventura.
Por momentos me alejé del grupo para observar la escena como un personaje que espera su turno para salir al escenario. Lo que veía me encantaba y sorprendía a la vez. Veía nobleza y solidaridad, personas, que hasta momentos antes no se conocían, se encontraban contando cosas de sus vidas, experiencias, pensamientos, sentimientos. Y ahí me dí cuenta que muchas veces nos perdemos de experiencias increíbles por el solo hecho de quedarnos encerrados en los prejuicios, los cuales, por cierto, no son más que lugares seguros, de comodidad.
Tenemos que saber que si sólo nos quedamos con lo que conocemos y no intentamos abrir nuestra mente, probablemente un mundo entero se nos pase por al lado sin siquiera poder percibirlo. Debemos de tomar conciencia que es posible encontrar miles de cosas lindas si nos corremos una milésima de distancia del camino que nos han trazado. Una vez un amigo me dijo que no hay malos caminos, solo hay caminos pero que sí, en todo caso, hay malos caminantes. Y de eso se trata, de no quedarse con las ganas de explorar, de abrirse a la curiosidad y ver que pasa. Ya no quiero que me cuenten cómo es ahí afuera, eso ya no alcanza, quiero verlo, sentirlo.
Mi prima me dice constantemente que siempre fui curiosa, que nunca me quedaba con la intriga de algo. Esto me lleva a suponer que las ganas de conocer no son de ahora, que siempre me acompañaron, sólo que tal vez hoy se ven potenciadas porque no hay miedo sino intriga y la conciencia de saber que no hay estructuras más que las mías, que no hay compromisos más que conmigo misma y como me dijo mi nueva amiga francesa todo se trata de confiance.

Semilla GALActica

miércoles, 30 de marzo de 2016

Ramón




Para Magalí que me animo a tener un perro


"Me es difícil describir a Rita. Podría conformarme con decir que es mayormente de color negro, y que tiene un collar blanco en el cuello. Pero describir a Rita me parece improductivo. Rita no está en el lenguaje, toda descripción suya fracasa si no la vemos en vivo."
Rita, Fabián Casas


Desde hace mucho tiempo me sentía preparada para tener una mascota pero por cuestiones de tiempo o por miedo a la responsabilidad no lo había concretado. Hasta que llegó navidad y una pequeña mezcla de oveja con canguro perro se introdujo en mi vida. Así apareció él y las palabras con las que me lo entregaron fueron: no sé si te va a cuidar pero ya no vas a estar sola aunque sabes que nunca lo estuviste. De ahí en más fuimos dos: Ramón, mi caniche toy, y yo.
Tener un perro te hace cambiar los hábitos a la vez que te vuelve una persona más sociable. Desde que vivo con Ramón me veo obligada a ir todas las mañanas, y todas las tardes, al parque. Debo decir que no es algo de lo que me queje sino que más bien me gusta. Esto se ha acrecentado desde que me di cuenta que mi caniche es una puerta de acceso a gente nueva. Cada salida conocemos a otros que, como nosotros, son dos en el parque.
Siempre, al salir, en menos de una cuadra uno o dos gerontes nos paran y comienzan a tocarlo. Me he dado cuenta que a mi cachorro lo alteran las señoras grandes, no le pasa lo mismo con los hombres. No sé si es algo en el tono de voz o los perfumes excesivamente fuertes que las señoras de Recoleta usan pero él las odia. 
Si bien, mi nuevo amigo canino me expone a otras situaciones no tan agradables como levantar sus desechos del suelo o tener que correrlo a los gritos por todo el parque (cuando en realidad siempre estuvo parado al lado mío), también está todo lo lindo. Lo principal es su alegría cuando entro a casa, él se alegra al solo momento de escuchar el ascensor. 
En cuanto vuelvo tengo extensas demostraciones de afecto que terminan con mis piernas rayadas por sus uñitas, mordeduras en los pies porque tiene un cierto amor por esa parte de mi cuerpo, la comprobación de que ahora mis corpiños ya no están en la ropa sucia sino en su cucha medios despedazados y alguna que otra caca fuera del diario. 
El personaje principal de “También esto pasará”, Blanca, señala que los perros se parecen a sus dueños y Ramón tiene muchas cosas mías, tiene los mismos gustos que yo: ama el mango, le encanta la manzana y tolera el kiwi. Disfruta de las caricias del niño de cabellos rubios (el mismo que le mostró que en el parque se puede estar sin correa), la versión recoletanea de Foucault, quien tan amablemente le enseñó lo rico que es el helado.
En fin, Ramón me ha sometido a largas jornadas de desinfección de mis pisos pero me ha permitido sumergirme en un mar de experiencias. Él es mi nueva compañía, el mismo que se altera cuando estoy nerviosa, el que pide de mi comida, quien me hace mimos cuando llegó, el que se asusta si se nos acerca alguien cuando es de noche. Él es lo más parecido a mi por estos días y con el que me siento realmente cómoda. Ojalá muchos más, como yo, se animen a tener un perro como el mio, porque después de todo ellos solo dan amor y no piden nada.

Semilla GALActica

martes, 8 de marzo de 2016

Verano + amigos= birra al aire libre



(Al lector: Ubicarse mentalmente en uno de esos primeros días, pegajosos, de Febrero)

Un amigo me dijo que mi última entrada había sido desesperanzadora y terminaba con un corazón roto. Tal vez lo era, pero tenemos que saber que las cosas no tan lindas también son parte de la vida.
A pesar de eso, hay otros momentos, instantes que solo queremos que se prolonguen y duren eternamente. Es  por eso, por esos instantes, que hoy decidí escribir sobre la amistad. La amistad y el verano (creo que esto último es porque afuera hace 40 grados).
Por los amigos que viajan kilómetros para vernos, los que nos llaman a cualquier hora para saber si estamos bien, los que te abren las puertas de sus casas cuando no tenes donde ir, los que te integran a sus familias, los que hacen 48 horas seguidas de guardia y aun así se hacen tiempo para verte, los que secan tus lagrimas, los amigos que actúan como padres y te retan, por ejemplo, cuando no cambias la cerradura o abrís sin preguntar quién es. En fin, amigos que siempre están y por los que uno también hace cosas.
Este viernes caluroso después de una jornada larga de trabajo, emociones y otras verduras recibo el mensaje esperanzador de una amiga donde se manifiesta un simple “¿Qué haces?”.  Inmediatamente contesté, casi sin meditar la respuesta: "Cerveza en plaza serrano" y como si estuviéramos conectadas, ella contestó: “Te iba a decir eso”.
Llegue a casa, me cambie y fui en búsqueda de mi grupo. El clima me sorprendió con lluvia en medio de trayecto. El lugar al que íbamos estaba cerrado ( o en realidad no éramos tan vip como para entrar). Como las chicas llegaron tarde me vi obligada a esperar, en Thames y Gorriti, algo más de veinte minutos debajo de un toldo porque el agua no paraba. Minutos más tarde mis compañeras aparecieron al rescate. El motivo del festejo era el cumple de una de ellas. La noche se prolongó entre caipirinhas y cervezas, nos olvidamos de la lluvia, el viento y el temporal que azotaba Buenos Aires.
Cuando llegue a casa tenía una veintena de mensajes: de mi madre, preguntado cómo me había tratado la lluvia y de las chicas avisando que habían llegado bien. Las mujeres tenemos ese instinto de madre que nos hace desparramar miles de mensajes después de una salida para asegurarnos que todas llegamos bien. Sin duda deberíamos de repreguntarnos el motivo de este comportamiento, pero este no es el momento.
Los días pasaron y  me encontraron  encerrada estudiando en la Biblioteca con una amiga, es época de finales y nos urge recibirnos. Nuevamente otra jornada calurosa con  el mensaje que invitaba a sumergirnos en una noche húmeda en la que ambas terminaríamos con panza de cerveza. Esta vez quien proponía el encuentro era nuestro amigo. Y aquí mi descubrimiento… Este verano he realizado varias visitas al lugar que ha salvado mis noches sin aire acondicionado. El espacio se llama Camping y es la combinación perfecta y hippie a la vez de buena música, alcohol barato, estrellas y la luna cuando sale (algo que garpa mucho en la ciudad). Entonces, no había más destino que este nuevo bar de recoleta.
El fin de la historia siempre suele ser el mismo... una con dolor de panza, otra media mareada del "calor” y el tercer amigo haciendo una revelación: "para amar debemos aceptar la libertad del otro". ¡Como si hacerlo sea igual igual de fácil que el decirlo en estado de ebriedad!.
Esas cosas hacen mágicas las noches de verano en este lugar. Los amigos te sorprenden y te rescatan en una ciudad que constantemente te invita a descubrirla con la seguridad de que no va haber mejor momento que este. Tal vez la ecuación perfecta, o al menos, la que me acerca a la felicidad en este momento sea:  Verano + amigos = birra al aire libre.

Semilla GALActica



jueves, 11 de febrero de 2016

¿Qué nos pasa cuando nos mienten?

Cuando somos chicos las madres (esos seres maravillosos) son las encargadas de señalarnos que si mentimos posiblemente haya consecuencias. En mi casa si uno mentía mamá nos decía que nos iba a crecer la nariz como a Pinocho o, en su defecto, que el niño Jesús iba a estar triste. En fin, métodos para enseñarnos que cada acción genera consecuencias.
Pero cuando somos grandes y no tenemos a nuestras madres guías para que nos adviertan sobre las mentiras, ¿nos vemos más tentados a mentirle al otro o simplemente lo hacemos por el placer que nos genera crear una  "posibilidad paralela" que complejamente no suele ser real?
Al ser adulto la mayoría de nosotros tratamos de hacer lo correcto y debido, hasta que la seguridad nos cansa y decidimos mandarnos la cagada. Algunas mentiras surgen de manera consciente, otras simplemente nos salen sin desearlas pero, ¿qué nos pasa cuando nos mienten?
De repente creemos tenerlo todo, ser felices, ir sin problemas y ¡pum! la verdad nos atraviesa. Nos damos cuenta que nada era real, que todo era ilusión y que tomamos como verdadera la mentira. Muchas veces es parte de un juego inocente o es el solo deseo de tener la felicidad del otro lo que nos lleva por el camino del engaño y su aceptación. Pero, ¿qué hacer, dejar de creer, no confiar más?
Cuando sos adulto nadie te señala que la consecuencia te persigue y probablemente sea mucho más grave que una nariz al estilo Pinocho. A pesar de eso, no importa lo que pase porque seguramente  la víctima de la mentira termine siendo más fuerte después de ese día, se vuelva más fría, menos crédula y opte, tal vez, por no creer más.
Hoy tengo una mezcla de desilusión, angustia y desesperanza. Es raro porque más temprano alguien me preguntó cómo me sentía y le dije que esperanzada. No sabía que momentos más tarde "mi verdad" que en realidad no es mía pero me salpica me llevaría a escribir esto.
Me pregunto qué es lo que estoy sintiendo ahora: primero que se me desgarran las entrañas y quiero llorar, después llego a la conclusión que es un nuevo paso hacia la iluminación del corazón.
Hoy hubo un punto de inflexión. Por algo me olvide el teléfono, por algo una amiga recordó un nombre, por algo supe lo que no tenía que saber. A veces la vida se trata de eso: "saber o no saber" de detentar el conocimiento. Hoy me tocó saber.
El conocimiento puede ser la puerta a la angustia porque cuando sabemos que algo es de tal manera la mente ya no puede imaginarlo de otra forma porque ha habido una concreción. La verdad no puede dibujarse o esconderse porque siempre se devela y alguien termina afectado.

De repente te das cuenta que habías vivido la felicidad de otro y que invertiste los últimos tres meses de tu vida en alguien que no lo merecía, pero también se dice que se hace camino al andar y en cada paso probablemente nos topemos con seres de luz que nos tienen que enseñar algo de esta vida y con seres que tal vez no merezcan cruzarnos. Hoy con el corazón más roto, con la inocencia quebrada y la bondad vulnerada, le digo a ellos, los mentirosos, que esconder la verdad siempre genera consecuencias y deseo ya no cruzarlos.

Semilla GALActica


martes, 2 de febrero de 2016

No abandones la bermuda




Son las dos y diez de la mañana de martes que recién comienza. Siento el olor a verano que ingresa por la ventana, camino hasta la cocina, agarró una botella con agua y me siento a tomar en el balcón. Mientras intento reflexionar sobre lo que fue mi año, y lo que debería de haber sido, comienzo a escuchar a mi vecina. Estoy casi segura que es mi vecina, pero todavía no puedo saber si realmente esa voz pertenece a alguien de mi edificio o es de alguien de los aledaños.
Dos cosas aprendí desde que vivo en este edificio: a las trece y treinta el sol ingresa por todas las ventanas iluminando todos los espacios, y que los fines de semana, alrededor de las once am, mi vecina comienza a tener un concierto para nada interesante de gemidos. Estos mismos son los que interrumpen mis pensamientos. Me pregunto si la generadora de estos sonidos de placer es la misma que corta los silencios aburridos de los domingos al mediodía o si simplemente es otra vecina la cual está cruzando la línea de la realidad hacia la del placer. Lo cierto es que los ruidos desconcentran mis pensamientos, pero me esfuerzo por retomarlos.
Estoy pensando sobre lo que me pasó durante la tarde y en cómo el tiempo nos modifica. Ese día, alrededor de las siete de la tarde había llegado a mi casa, agarrado a mi nuevo amigo canino y a habíamos ido a caminar por Santa Fe. Suelo caminar bastante porque me permite poner mi mente en un estado flotante, lo que no imaginé era que al llegar a Ecuador iba a encontrar a un viejo amigo que hacía mucho no veía, el mismo que me había explicado la Revolución Rusa, lo que era un soviets y la importancia de la militancia universitaria.
Iba, nuevamente, en este estado que llamó flotante, cuando al mirar al frente nos encontramos, estaba hablando por teléfono, casi no me dí cuenta que era él, pero se ve que él ya me había visto porque aflojó el paso, me miró y preguntó cómo estaba. Todo esto mientras seguía hablando por teléfono, las bocinas sonando, la gente empujándonos para lados distintos y yo intentando no poner cara de asombro. El encuentro fue eso, un suspiro, un "hola, cómo estás" y un roce de mejillas. Sin embargo, mientras me alejaba porque el ritmo mismo de la calle y de la gente en plena hora pico me lo exigía, seguía pensando en cuando habíamos dejado de vernos, cuando había sido la última vez que charlamos, qué nos habíamos preguntado cómo estábamos.
No me quede en la nostalgia del pasado, pero si me repercutió el presente. Aquel mismo chico de pelo largo que estudiaba políticas y viajaba en los veranos a Bolivia, era el mismo que pasos atrás me había saludado sin poder soltar su dispositivo tecnológico, el mismo que ya no usaba remeras de Ac Dc y bermudas sino que ahora vestía camisa y pantalón de vestir.
Los ruidos de mi vecina ya cesaron, lo que me permitió reflexionar en silencio. No sé qué paso en este tiempo en su vida, pero sí sé que me gustaría que si alguno de ustedes me cruzará después de mucho tiempo, sientan que mi esencia sigue siendo la misma, que la espontaneidad y la desfachatez aun me acompañan y ojala que todo eso sea usando short y ojotas. Porque en el fondo, nadie quiere crecer....

Semilla GALActica